Retelling Parte 3: De Efe

Quiéranlo o no, no hay lugar más icónico en el país que México, DF.

Y no, éste no será un post en que les mencione las cosas maravillosas o asquerosas que tiene o no tiene, porque no es el punto. No es un panfleto turístico (si quieren saber sobre garnachas y Bellas Artes, vayan a Buzzfeed o algo así).

Es igual a todas las demás ciudades  del mundo en el sentido de que cada quien la escribe como quiere. Podrán venderla como miles de cosas, darle ciertos atributos que con el tiempo se convierten en cliché, pero la verdad es que no hay forma de saber lo que es hasta que lo vives. Regla de la vida. Para mí, al menos en el viaje de ida, se traduce como un montón de imágenes que suceden la una a la otra a velocidad vertiginosa, al igual que sus habitantes.

Quizá me faltó tiempo para asimilarla, para darle los adjetivos que merece. Quizá nunca habrá tiempo suficiente.

Calles llenas, restaurantes llenos, transporte lleno, tiendas llenas. Todos los cultos, todas las generaciones, todas las estaciones en un sólo día. Toda la gente, toda la vida y toda la muerte y el ruido y las risas y las lágrimas, las voces familiares y las extrañas y el eco del pasado, todos hablando al mismo tiempo. No encuentro otra forma de describirlo mas que con estas oraciones acumulativas, perfecta mímesis de lo que ocurría conmigo en aquellos días.

El efecto es muy parecido a ver el tráiler de una película: imágenes y sonidos imperceptibles y, a la vez, música de fondo y una voz en off que intenta explicarte lo que pasa, lo que está por pasar. Próximamente en los mejores cines.

No recuerdo haber visto mucho más que a la gente y ciertos escenarios obligatorios... y el aeropuerto. El bendito aeropuerto.
Íbamos de prisa, tanto que casi pasamos por miembros de la comunidad capitalina (casi). Vimos edificios más viejos que mi madre, edificios de la edad de mi madre y estructuras ridículas que nadie sabe por qué existen.

Vimos el cielo gris y escuchamos todo menos canciones en el radio. Curioso que voces que suelen a acompañar a algunos todo el día nos resultaran tan extrañas, tan pintorescas, como si pisáramos por primera vez tierras nunca antes exploradas, aunque no eran nuevas para nadie.
Al mismo tiempo, mi gente hablaba de la ciudad como de algo familiar. Lo es para algunos de ellos, claro, pero había en su charla una noción colectiva, como si de pronto todos compartiéramos la misma memoria.
Para mi madre la ciudad se había convertido en una completa extraña hasta que comenzó a hablar de ella, a verla con detenimiento, a reconocerse en sus calles y parques y monumentos y ventanas y puertas destartaladas. Por un momento, volvió a pertenecerle.

Hay esta urgencia por permanecer en movimiento que hace que la ciudad parezca estarse desdoblando sobre sus propias dimensiones. También parece tener infinitas dimensiones, infinitas posibilidades.

El lugar último, el cúmulo y resumen del año precedente y los meses que vendrían. El centro, el núcleo, el punto de referencia. El principio y el fin. La historia y el plan y el origen de los dos y tanto...demasiado. 

Donde comienzo a resignificarme.

Querido DF: Vine a explotar.




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