Retelling Parte 2: Desarraigo
Movamos las cosas más rápido.
Tras un año exacto a marchas forzadas, en el cual las crisis emocionales fueron más constantes de lo habitual, así como los esporádicos arranques de euforia y "ohdiosmíonopuedocreerqueestovayaasucederme", llegó el esperado (no tan esperado para algunos) día de partir.
El aeropuerto de Guadalajara y el vuelo de hora y media hacia DF se sintió como una especie de ensayo. En la terminal sólo había mexicanos, gente con quien podía identificarme y, aunque sólo había dormido como tres horas, me sentía más despierta que en mucho tiempo.
Hice lo que hago siempre: observar. Los rasgos, los movimientos, el acento de la gente, la forma en que sostenían vasitos de Nescafé, cómo interactuaban entre ellos de un modo casi familiar, me dije, sería algo que no volvería a ver en algún tiempo.
Encima de todas las cosas que tenía que digerir, volar no fue la excepción.
Suspendida en el aire con otras cuantas caras, de pronto no me sentí parte de nada. Cuando el avión llega a la altura adecuada, no se ven más que nubes y en mi caso, por la hora, el amanecer. Decir que estaba en un avión no me parecía correcto, no es un lugar, no tiene vida ni historia ni nada. Tampoco se siente uno en el cielo, porque está convenientemente rodeado por una estructura de metal que le salva la vida, por no ahondar en términos técnicos.
Las cosas que había elegido traer conmigo tampoco estaban realmente conmigo. Sólo yo ahí, cruzando el cielo y a la espera de volver a pisar, de volver a pertenecer a algo por lo menos remotamente familiar, de donde también me despegaría al día siguiente.
Al menos en ese tramo de nada, me encargué de no olvidar a mis tres caras familiares favoritas.
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