Baby, I could build a castle...
Mi madre me llamó romántica el otro día. Por razones que no alcanzo a comprender, lo negué.
Supongo que la idea de ser alguien que se la vive idealizando cosas no me atrajo del todo, aunque muy a mi pesar es cierto.
Idealizarme como alguien realista no cuenta, ¿o sí? maldita sea.
Perdón, mamá, pero es que me gusta pensar que la lluvia y yo tenemos una relación especial, que nada se compara con el olor de las páginas de un libro, que el café es la mágica solución a los días malos y contemplar la luna puede ser fuente de inspiración.
Me gusta imaginarme las vidas de la gente, por más ordinarias, como algo maravilloso por el simple hecho de que no tengo acceso a ellas. Probablemente las personas a las que observo tienen rutinas tan invariables como la mía, probablemente les aburre a muerte; probablemente, como yo, pasen media hora revolcándose en la cama después de despertar por no querer enfrentar otro día de lo mismo y, sin embargo, qué bueno que estás aquí, extraño; qué bueno que me entretienes.
Leer, bailar, escribir, son todos modos de evasión y autoanálisis; son también mis pasatiempos favoritos. Me la paso encerrada en mí sin tener que ser yo. Ups.
A veces es más fácil así. Lo difícil viene cuando tienes que compartirte con otros e intentar traducir siquiera un esbozo de tu identidad a un lenguaje que el otro entienda o, por lo menos, le interese lo suficiente para permanecer en tu compañía.
Afortunadamente voy encontrando formas de hacerlo gracias a mi fórmula infalible: Honestidad.
No es sencillo ni viene cargado de puras cosas positivas como me gustaría; se trata de constantes enfrentamientos entre tú y el otro, tú y tú, tú y el otro tú, tú y el mundo. Siendo un romántico, es casi imposible que tu idea del otro se acerque a la realidad, pero se aprende, se acepta y se vive. Si tienes suerte, el otro es tan diferente que resulta incluso mejor de lo que imaginaste.
No digo que la verdad nos hará libres, pero nos complica un poquito menos la existencia y hace más fácil la coexistencia. Es lo más cerca que, al menos yo, puedo estar de la realidad.
Está bien. Me tranquiliza saber que sí soy romántica, pero no es todo lo que soy.
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