I < 3 GDL
Algo que encuentro confortante en las rutinas es el sentimiento que me produce volver.
Hacer cosas más de una vez, hacerlas una vez y volver a hacerlas. Es lo más parecido que se me ocurre a repetir el pasado.
Me sucede cuando camino sola por ciertas calles y recuerdo las veces anteriores que caminé por ahí, si lo hice sola o con alguien, lo que hice (hicimos) ese día... y sonrío, porque mientras la calle exista y yo tenga pies, podré seguir generando cosas nuevas sin perder lo que ya sucedió. Es como caminar en círculos sin marearte, viendo lo mismo pero no del mismo modo.
Pareciera incluso que estoy pensando lo mismo que pensé la última vez que pasé por ahí. Me sucede, por ejemplo, cuando camino cerca de edificios de la UDG y llueve y ando de un tapatío subido. "La ciudad nunca se ve mejor que cuando está mojada", me digo mientras suena Guadalajara Guadalajara en algún rincón de mi cerebro. Es difícil no amarla cuando se ve tan bonita, cuando hasta los árboles secos e insulsos se ven elegantes de tan viejos, cuando el verde de la hierba y el gris del pavimento se oscurecen y brillan, y la gente alrededor parece salida de libros de historia, y me los imagino viviendo en casas con patios centrales y pisos resquebrajados y fachadas cubiertas de enredadera.
Me gusta mi ciudad. Me gustan más algunas partes que otras. Me gustan, sobre todo, los lugares a los que puedo volver andando de la mano de alguien, o escuchando una canción diferente a la de la primera vez, o en mi camino a algún sitio que nunca antes había visitado.
Me agrada saber que hay cosas que nunca cambiarán, que el ver siempre lo mismo no es sinónimo de monotonía o aburrimiento, sino de confianza o seguridad en cierto sentido.
Supongo que es lo que busca la gente que se casa. Despertar y ver a la misma persona a su lado todas las mañanas, saber quién es, quién ha sido y quién serán juntos.
Un momento, ¿me acabo de casar con Guadalajara? ¿está muy jalado lo que estoy diciendo?
No me importa, está bonita.
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