El corazón también sabe bailar
Respiraba
profundo una y otra vez sin resultado. Mi corazón latía fuertemente dentro de
mi pecho… ¿sí?, sí, aún estaba dentro.
Pasaron
ante mis ojos las horas de arduos ensayos, el constante agotamiento físico que
me había consumido durante las últimas semanas y que parecía haberse ido a otro
lado, expulsado por la adrenalina.
Había
visto ya el día anterior el trabajo de los demás competidores: giraban,
saltaban, se sostenían sobre la punta de sus pies como si no representara la
más mínima dificultad y, por si fuera poco,
ahora se daban el lujo de expresar verdaderas emociones justo frente a
mis ojos, frente a los ojos de los jueces, frente a los ojos del público que
aplaudía extasiado.
Mis
compañeras y yo habíamos llegado horas antes al teatro REX, cuando aún estaba
vacío. Nos equivocamos al pensar que permanecería así mientras comenzaba la
sesión de vestuario y maquillaje. Cuando la maquillista terminó conmigo, me
costó trabajo reconocer mi cara tras semejante máscara de dibujos difuminados a
todo lo largo y ancho de mis párpados. Era yo quien parpadeaba repetidamente
para sopesar las pestañas postizas, cuyo estómago rugía feroz por haber
ayunado, todo con tal de verse mejor en el ajustado unitardo negro encargado de
mantenerlo todo en su lugar durante los cinco minutos de ejecución dancística.
Cinco
minutos: el cansancio, el esfuerzo, la disciplina y el infaltable drama de todo
grupo femenino de danza en los últimos tres meses se reducía a 5 minutos de
movimiento constante sobre ese escenario, tan pequeño y tan imponente a la vez.
Parecía
crecer desmesuradamente conforme se acercaba nuestro turno, al punto que
pareció imposible llenarlo con una coreografía. Se necesitaría mucho más, se
necesitaría todo eso que los demás grupos, venidos de todas partes de México,
habían entregado antes que nosotras.
Mi
cabello, meticulosamente acomodado y almidonado al punto de sentir calambres en
la cabeza, comenzaba a pesarme como un casco del que quería deshacerme lo antes
posible junto con la presión, el estrés y el ambiente que se respiraba
alrededor, casi tan denso como mi peinado aplastado violentamente contra el
cuero cabelludo.
Todo
el entorno se había convertido en un fantástico derroche de color, fijador,
listones y mucho brillo. Centelleaban las mejillas y brazos de chicos y chicas
de todas las edades.
Algunos grupos eran numerosos, con pantalones
holgados y camisetas raídas; seguramente bailarían hip-hop. Otros venían en
parejas: las chicas con delicados vestidos cortos y la mayoría de los hombres
sin camisa y con el torso (por supuesto) lleno de brillo, los cuales bailarían
canciones líricas.
Sin
embargo, quienes más llamaron mi atención fueron las delicadas y solitarias
niñas que presentarían números de ballet. Eran todas pálidas, delgadas, como
hechas de porcelana. Una de ellas era perseguida por su madre con pasadores en
mano; desafortunadamente, la circunferencia de su tutú le impedía huir con la
rapidez que hubiese deseado. Escuché a la madre referirse a su rubio retoño
como “la estrella” y, con algo de vergüenza admito que llegué a preguntarme: ¿y
mi mami dónde está?
Sentí
pánico. Me di cuenta de que muy probablemente toda la gente a mi alrededor, sin
importar edad, sexo o lugar de origen, había soñado con este momento durante
años, quizá durante toda una vida. Ellos eran bailarines de verdad, su pasión
era simplemente estar ahí, usar sus cuerpos de la forma más bella que podían
imaginar y, si tenían suerte, llevarse un trofeo, una medalla o siquiera un
bonito listón a casa. ¿Y yo? Yo era en ese momento una intrusa, una burla,
alguien a quien le gustaba bailar jazz y que había gastado sus últimos 3
sueldos en pagar una competencia, un vestuario y unas pestañas que no le
pertenecían a cambio de la oportunidad de presentar una coreografía de cinco
minutos junto a sus compañeras; una serie de movimientos armonizados que
expresaran siquiera un poco de la intensidad con que mis ojos lo veían todo y
la precisión con que percibía cada uno de mis pasos tambaleantes hacia el
centro del escenario para, finalmente, esperar en el eterno silencio el
comienzo de la música, “nuestra” música.
“No
te caigas, respira, no te caigas, ¡detén ese temblor!, ¿cómo empezaba?... No,
tranquila, tú te sabes esto, sólo déjate llevar y sonríe, SIEMPRE sonríe.” Cada
paso parecía el fin del mundo, cada giro, cada calculado movimiento de los brazos
marcaba estéticas líneas entre el éxito y el fracaso; todo debía ser medido,
deslumbrante, perfecto.
Después
de lo que parecieron horas, la música se detuvo y comenzaron los aplausos.
Podía ver mi pecho subir y bajar violentamente bajo la blusa rosa brillante,
podía notar mi aliento y el de las demás desvaneciéndose en amplias sonrisas al
compartir todas el mismo pensamiento: “Es todo, se acabó”.
No
noté el sudor en mi cara hasta que hubimos salido del área de camerinos para
mezclarnos entre el público y encontrarnos con nuestros familiares; sí, ahí
estaba mi mamá.
Mi
pestaña izquierda se caía, el maquillaje corría a chorros por mis mejillas y
mis labios, que minutos antes habían sido de un carmesí intenso, parecían ahora
deslavados y sin vida. Pero ya no importaba más, ni eso ni el hecho de que mi
chongo, después de la serie de piruetas a las que lo había sometido, cedía por
fin a la fuerza de gravedad.
Miré
de nuevo a mi alrededor y tuve la sensación de que todo aquel colorido
intimidante adquiría ahora una tonalidad sepia. Todas esas criaturas brillosas
y eufóricas que momentos antes pasaban de largo ignorándome o torciendo el
gesto, me miraban ahora con algo más que curiosidad. Me miraban, nos miraban a
todas nosotras con respeto.
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