De París y papalotes
Esta semana ha estado llena de descubrimientos. El primero y el más importante ha sido esa sensación de paz que llega cuando finalmente dejas ir aquello que te obsesionaba y cuyo recuerdo no te dejaba avanzar.
Me gusta saber que no me encuentro ya atada a nada ni a nadie, y me doy cuenta de que probablemente ha sido así desde hace mucho, pero justo ahora es que tomo plena conciencia de mi libertad emocional y lo que esta significa.
Sinceramente, nunca antes había experimentado algo igual, y la primera imagen que vino a mi mente cuando noté este cambio en mi interior, fue la de un papalote al que se le suelta la cuerda y se aleja con el viento para liberarse y liberarme. Es, como dirían los gringos, un "Win-win".
Así que me he dedicado a correr por el campo sin tener que llevar al papalote conmigo, sin temer que se atore en los árboles o que le caiga un rayo; sin detenerme a desenredar el cordón, sin tropezar y sin miedo a que éste me derribe y no pueda volverme a levantar jamás.
| Creo que no pude escoger un papalote más feo, pero es el más libre que encontré. |
Durante el fin de semana me dediqué a ver películas, disfrutándolas como hace tiempo no lo hacía. La mejor fue la del sábado: Medianoche en París. Desde el principio supe que sería de mi agrado; las tomas de la ciudad son sublimes, la idea es una de las pocas originales que se ven en las pantallas en estos días y la historia es una de esas que atrapan en su sencillez.
No, no es una historia romántica, a pesar de lo que pueda pensarse por su título, y la única respuesta que muchos encontraban cuando, sin haberla visto, preguntaba por su calidad, era: "La escribió y dirigió Woody Allen, seguro es buena."
Sinceramente esto no me decía mucho, ya que no he visto ninguna otra película de Woody Allen (disparen ahora). Sin embargo me alegra haberla encontrado y observado (no visto, observado). Fue un viaje a través de tiempos, lugares y corrientes artísticas echadas al olvido por el tiempo mismo; y si algo aprendí de este filme fue precisamente a no vivir en el pasado, lo cual, como podrán ver, le cayó como anillo al dedo a mi nueva ideología del papalote.
Me di cuenta de que no es necesario olvidar todo aquello que en su tiempo me hiciera tan feliz para seguir adelante, sino aceptarlo como un recuerdo, como parte de mi, como algo que no volverá pero que permanece por el simple hecho de haberlo vivido. El error fue aferrarme a ello, desear que sucediera de nuevo, dejarme arrastrar por el papalote.
El pasado nos hace lo que somos, pero éramos otros cuando pasó, por lo cual es imposible repetirlo. Es mejor recordar con una sonrisa que extrañar con miles de lágrimas.

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