QUERIDO LUCAS


 Alicia se levantó a la hora habitual, estiró brazos y piernas y fue a mirarse en el espejo del baño. Nada había cambiado desde el día anterior, seguía igual de hermosa: ojos miel, cabello oscuro y ondulado, nariz afilada y una sonrisa resplandeciente que nadie había visto en mucho tiempo. Sin embargo, parecía no ser suficiente, ya que durante los últimos cuatro años de su vida había estado sola, en aquel minúsculo y desordenado departamento, reflejo del desastre en que se había convertido su vida desde aquel día en que había perdido al ser que ella más amaba.
     Se metió en la regadera como de costumbre, por poco resbaló cuando el jabón cayó cerca de sus blancos pies; por un instante deseó haber caído y quedarse ahí tirada, esperando que alguien se diera cuenta de que estaba en problemas, de que se encontraba herida, o siquiera se percataran de su existencia.
     Se vistió con lentitud y peinó su cabello de la misma manera que lo había hecho desde hacía cuatro años sin cambiarlo ni un solo día: un bonito broche plateado sostenía la mitad de su cabellera, dejando que lo demás cayera suavemente sobre la espalda. ¿Maquillaje? ¿para qué? Sentía que aunque usara un llamativo labial rojo, diera rubor a sus mejillas y pintara sus ojos con colores brillantes, nadie sería capaz de ver más allá de su firme máscara de dureza y frialdad.
     Como todos los días, se preguntó lo que estaría haciendo él en su lujosa mansión de España, con aquella mujer, sus hijos y su san bernardo llamado Elliot. Dirigió su mirada hacia el rincón más oscuro de la habitación, donde se encontraba el antiguo escritorio que había heredado de su padre. Sobre éste, desde hacía meses, descansaban un sobre, una hoja de papel con las palabras “Querido Lucas” en él, una pluma sin tapadera y algunas estampillas con dibujos de tiernos cachorritos.
     Tras el suspiro que regalaba al cielo cada mañana, Alicia salió de su departamento, cerró la puerta con llave y miró alrededor: nada, ni un alma cruzaba por el pasillo que dirigía a la escalera, lo cual no era extraño; Alicia había perdido la cuenta de las veces en que habría podido jurar que era la única residente de aquel edificio lleno de plantas secas, manchas en el piso y escaleras que, desde que había llegado a vivir allí, rechinaban al bajar por ellas.
     Mientras caminaba entre la densa nieve, enfundada en un grueso abrigo y botas, volvió a su memoria el evento que había cambiado su vida: Lucas, su mejor amigo, su hombre ideal, con quien había compartido los mejores siete años que pudiera recordar, se iba a España con una tal Saira, una completa extraña que, él afirmaba, era el amor de su vida; y Alicia no podía hacer nada para detenerlo porque, en su eterna cobardía, nunca le había revelado sus verdaderos sentimientos a Lucas: el profundo amor que sentía por él desde el momento en que miró sus grandes ojos verdes en aquella cafetería de su vecindario, a la cual, todas las mañanas, a las diez en punto, desde hacía cuatro años, Alicia volvía como una niña asustada buscando refugio, o quizá, muy dentro de ella, lo único que esperaba encontrar era aquel verde infinito, la sensación de paz y seguridad que no había sido capaz de encontrar en ningún otro par de ojos.
     “Tal vez todo hubiera sido diferente si yo fuera un poco más valiente”, se decía una y otra vez al entrar en el modesto y confortable establecimiento, saludar a Diego, el dueño, y sentarse en la mesa de siempre, junto a la ventana, para poder mirar a la gente que pasaba y, quizá, ver a un san bernardo corriendo por la calle.
     Diego ni siquiera preguntó a Alicia lo que ordenaría, se lo sabía de memoria: dos rebanadas de pan tostado, un plato de fruta picada y una taza de café con una cucharada y media de azúcar. Se preguntó si algún día aquella chica tan bonita y dulce volvería a ser quien solía ser antes de que Lucas, quien se había casado con su prima Saira, se fuera de la ciudad. Diego se sentía culpable por haberlos presentado, sabiendo lo enamorada que estaba Alicia de Lucas. Suponía que su eterno castigo consistiría en servirle el mismo desayuno a Alicia todas las mañanas sin excepción y, poco a poco, verla consumirse en la amargura y tristeza que la acompañaban a dondequiera que ella iba, sin poder hacer nada para evitarlo, sin poder decirle lo mucho que la quería desde el primer momento en que cruzó la puerta de la cafetería, riendo sin parar, acompañada de una chica pelirroja que no había vuelto a ver jamás.
     Alicia, sumida en sus pensamientos, no se percató de que Diego yacía parado junto a ella, sosteniendo su taza de café y mirándola fijamente. Resignado, el chico puso la taza sobre la mesa y, con manos temblorosas, sacó un delgado sobre del bolsillo de su pantalón; se sentó frente a Alicia, tomó su mano y se lo entregó sin dejar de mirar el color miel que tanto le gustaba.
     “Gracias”, murmuró ella, fijándose por primera vez en la profundidad de los ojos color avellana de su mensajero. Miró de nuevo por la ventana, guardando el sobre en su bolsa; Diego se alejó sin decir nada. Al terminar su desayuno, Alicia sonrió a Diego, quien se encontraba del otro lado de la barra, y salió del local. El chico odiaba recibir aquella sonrisa cada vez que entregaba una carta a Alicia, significaba el recordatorio de sus miedos y debilidades, la señal de que ella nunca sería suya.
     Cuando volvió a su casa, Alicia se sentó en la cama, sacó el sobre de la bolsa, lo miró por un instante y le dirigió una sonrisa ausente. Un fugaz brillo cruzó su mirada al ver el nombre de Lucas en él, y lo abrió con cuidado. Una vez a la semana, desde hacía cuatro años, Alicia esperaba ansiosa aquel momento: pasar horas escudriñando cada palabra escrita con la caligrafía perfecta de Lucas, sus pensamientos, sus sentimientos, sus aventuras al lado de Saira, sus hijos y su perro, todo esto escrito a un destinatario ajeno a ella. Era a través de esas cartas que Alicia se enteraba de lo que ocurría con Lucas, ya que ella nunca había sido capaz de escribirle o llamarle.
    La chica desdobló la carta y su corazón dio un vuelco, como siempre que volvía  a ver aquel saludo escrito en tinta azul sobre el papel reciclado, “Querido Diego…”.

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