Let it rain, let it pour...


Al igual que yo, muchos de ustedes encontrarán los días nublados o lluviosos de lo más inspiradores. Se respira otro aroma, se piensa distinto, con mayor nostalgia, con cuidado...a algunos afortunados les da por escribir poemas o componer canciones; enamorarse de la vida, de la gente desconocida que pasa corriendo delante de nosotros por la calle enfundados en impermeables y cargando paraguas más grandes que ellos mismos.

Las grandes ciudades parecen tranquilizarse, darse un respiro. A menos, claro, que se cuenten los continuos embotellamientos provocados por accidentes e inundaciones.
Sinceramente, quizá porque toda mi vida he sido peatón, nunca me han importado estos detalles. La lluvia, la brisa, el olor incomparable a tierra mojada, los cielos grises, el aire helado, los niños jugando en charcos sin importarles los alaridos de sus madres, me hacen atesorar días como estos y prometerme guardar cada uno en mi memoria de forma especial. Y es que desde hace ya un buen tiempo la lluvia y yo nos hemos hecho amigas, y muchos de los momentos más significativos de mi vida los ha acompañado cortésmente el sonido del agua al caer en el pavimento, o bien algunos relámpagos incandescentes, iluminando sonrisas, humedeciendo besos y forjando un pacto entre ella y yo.

Obviamente, esto no significa que cada vez que llovizna mi vida gira. De ser así ni siquiera yo sabría en dónde estoy parada; sólo hablo de esta curiosa casualidad, de este divertido trato con la naturaleza que me hace sentir especial, protegida y respaldada.

Así que la próxima vez que una tormenta aceche a su alrededor, no piensen en catástrofe o desastre, en que su día está arruinado o en que el cielo es oscuro como sus almas. Relájense, prepárense una taza de café y lean un buen libro, si es posible junto a la ventana. Créanme, hay pocos placeres en la vida comparables a este.


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