Panic: a Chronicle

Todo era confuso y claro a la vez, excesivamente nítido, como si la realidad hubiera traspasado el umbral al mundo de los sueños, como si se estuviera mostrando exclusivamente a mí, un último regalo antes de que una embolia fulminante terminara con mi vida.
En cualquier momento...
Puede ser justo... Ahora... o... AHORA.
Sentía los ojos abiertos con pinzas, el sudor de mis manos dejando rastro en el pavimento, el gigantesco peso de la vida, la condena de esta absoluta e irrevocable certeza: iba a morir. El martes 21 de mayo del 2016 sería mi último día en este mundo.
Caminaba por la calle segura de que me desvanecería en cualquier momento, de que mi mamá no llegaría por mí a tiempo, de que moriría ahí, sola en medio de una multitud ajena a mí, causando revuelo y espanto... el horror de mis seres queridos cuando se enteraran...
Fuera como fuera, más que nada en el mundo, quería que terminara.

No podía llorar, era incapaz de pedir ayuda a extraños por miedo a que de alguna forma retorcida se aprovecharan de mí.
No me había despedido de nadie.
Era imposible que el corazón me siguiera latiendo tan rápido y tan fuerte sin colapsar, y el oxígeno nunca era suficiente.
No podía quedarme quieta, no podía pensar en nada más. ¿Cómo distraerme del ataque, del dolor, del brazo entumido cuya movilidad perdería de un momento a otro? Estaba preparándome para lo peor sin sentirme preparada en absoluto. todo a mi alrededor seguía siendo insoportable, pero necesitaba mantener los ojos abiertos para asegurarme de que era real, de que seguía viva.
Hasta que entré al coche de mi mamá pude llorar, dar rienda suelta al miedo... después de ir al doctor, hacerme análisis y pasar el resto de la semana en casa, asegurándome de que en efecto no estaba en peligro mortal, la vida volvió a ser más o menos normal, aunque a partir de entonces cualquier punzada o sensación extraña en mi cuerpo, por más leve que fuera, era una señal de alarma.
El resto del año fue de visitas a diferentes doctores, estudios que resultaban limpios, dinero gastado en mil medicamentos, la sospecha de hipocondría y miedo constante a todo lo anterior. Una pesadilla.
Eventualmente di con alguien que me recetó (¡sorpresa!) ansiolíticos. Éstos, junto con la terapia que apenas iniciaba en mayo y con la que continúo ahora, me han ayudado a pensar más claramente y han disminuido los achaques casi por completo.

No he tenido otro ataque de pánico tan fuerte desde aquél, y cuando me siento ansiosa ahora no tardo en reconocerlo, buscar la causa y tratar de darle solución tan pronto como pueda. A veces no es tan fácil, a veces lo único que consigo hacer por mí es permanecer en la seguridad de mi recámara viendo Gilmore Girls y releyendo los  libros que sé que me reconfortan. Aunque esto no remedia nada a largo plazo, me ayuda a reafirmar mi identidad, tomar aire y salir a enfrentarme con el mundo de nuevo.
No me engaño, sé que el medicamento, la terapia y el trabajo constante no harán desaparecer mi condición. No hay una cura absoluta y total, no hay una línea final; pero tengo el privilegio de poder acceder a todas estas cosas con las que aprenderé a conocerme y a manejar los malos ratos.
El camino es largo y no es recto, pero no se puede rodear, pasar por debajo ni ir por encima. «The only way out is through»


If you can hold on
if you can hold on
hold on...

Comentarios

Entradas populares de este blog

The Urge

#SorryNotSorry

Entrada