Soñé que escupía sangre.
No...soñé que vomitaba sangre en un baño con la puerta cerrada. Escuchaba gritos al otro lado (de mi madre, por supuesto). Cuando por fin logró abrir la puerta, me dijo que tenía la garganta amarilla, sin color, muerta.
Desperté con el sabor metálico en la boca. Desperté y la pesadilla continuó durante todo el día en mis recuerdos, en mis acciones, en mis palabras...hubiera preferido tener la mente vacía y la garganta muerta. Hubiera preferido vivir estática y en silencio.
Con gusto hubiera seguido escupiendo sangre onírica de saber la alternativa, con gusto habría permitido quedarme toda amarilla y no saber de mí hasta hoy, que de todos modos no me siento despierta.
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