El amor de mi vida
Hace poco encontré un trabajo.
Okay, no trabajo como tal, pero algo así.
He aprendido muchas cosas y he desaprendido otras tantas, porque al parecer la UDG en realidad sólo pretende enseñarte mucho, pero muy poquito de ello es realmente práctico y útil para aquellos que no queremos pasar el resto de la vida enterrados en archivos o vendiendo el alma a alumnos malagradecidos.
En fin, el punto es que mi trabajo es, básicamente, leer. Andar navegando por ahí, revisar que las cosas que leo sean ciertas (a menos, claro, que lea ficción), que se entienda todo, que no haya typos por el amor de Dios y que, bueno, el texto funcione, en pocas palabras.
Creo que el término en inglés es proof-reader, acá le dicen corrector. Por un lado, creo que proof-reader abarca mucho más ampliamente lo que se hace en esa oficina que siempre huele a café y nunca para de oírse.
No creí que fuera posible, pero en gran parte gracias a este empleo y en gran parte gracias a las personas que trabajan ahí, últimamente leer me gusta más que nunca. Me he encontrado con libros que me dejan boquiabierta no por las historias o lo que sea que cuenten, sino por el uso que hacen del lenguaje y todo lo que implica.
Le dan unas vueltas a las palabras...¡y lo mejor de todo es que el lector es capaz de identificarlo y comprenderlo y quedárselo para siempre!
No sé, simplemente me maravilla la forma en que ellos, los que saben, hilvanan palabras y les dan oportunidad de explotar, de ser más que lo que significan, de amoldarse a mundos alternativos y contar otras historias y sugerir nuevas ideas.
Me gusta. Me muero de gustosidad. De veras. No sé qué carajos hice toda mi vida pensando que sería periodista, pero qué bueno que me han iluminado los dioses de las letras y, si de aquí no salgo viva, por lo menos ya sé para dónde voy.
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