Crónica de una posada
"Sam sat down and started laughing. Patrick started laughing. I started laughing.
And in that moment, I swear we were infinite."- Stephen Chbosky
Al leer estas líneas hace unos días, sumergida en la lectura de The perks of being a wallflower, deseé fervientemente tener un momento así de perfecto. Deseé llenarme de la sensación que experimentó Charlie al manejar en una pick-up con la radio a todo volumen y sus mejores amigos junto a él. Deseé comprender al cien por ciento lo que quería decir con "infinite". Sentí simplemente que esa clase de palabra se vive, no sólo se lee.
Ayer asistí a la posada anual con mis amigos de secundaria. Me recogió mi mejor amigo y he de admitir que en un principio me sentía algo incómoda y nerviosa, no por él, sino por otra situación que pasaré por alto en esta entrada (y probablemente en todas las demás).
Llegamos temprano, fuimos los primeros en casa de mi mejor amiga (llamémosle Ania) y de inmediato nos instalamos en la cocina, y por "instalarnos" quiero decir "abrimos el refrigerador, robamos muffins y nos dispusimos a calentar la cena que consumiríamos más tarde".
Conforme llegaban los demás (sólo seis personas, porque tuvimos algunas cancelaciones y una amiga "enferma" que casualmente se enferma cada vez que intentamos que asista a nuestros eventos sociales) la botana en los platos y los tradicionales kisses en la canastita de la sala disminuían considerablemente, al igual que mi ansiedad, mis nervios y el mal humor, que en aquel momento me parecieron insignificantes. Por otro lado, incrementaban las risas, los gritos y las peleas terminadas en abrazos o sonrisas de complicidad.
Cenamos una extraña combinación de espagueti, tacos y ponche de piña.
Más tarde, la conversación se inclinó hacia los compañeros casados o con hijos...o casados Y con hijos, lo cual nos dio pie a pasar más o menos una hora recordando en qué salón estaba cada uno, cómo era, qué apodo tenía y lo último que supimos de esa persona. Obviamente, quien pasara por esta inspección no salía libre de burlas, risas, anécdotas graciosas y expresiones como "ese wey estaba enamorado de Fulana", "se puso guapísima", "ahora es un mariguano" y "deberíamos marcarle un día de estos".
Siguiendo con la temática de nuestros tiempos juntos en la escuela, recordamos también a los maestros, las clases y las reuniones a las que solíamos asistir. Éramos un grupo unido y numeroso, íbamos todos juntos a todos lados y en cada uno nos sucedían cosas memorables. Por alguna razón terminábamos sucios, mojados, ebrios o todo lo anterior, y generalmente, las niñas terminábamos durmiendo todas juntas en casa de alguien, de lo cual se desprendían otras muchas anécdotas que los hombres nunca NUNCA podrán conocer.
Cabe destacar que entre los presentes se encontraban tres parejas de mejores amigos que habían sido novios en algún punto del camino, y entre esas parejas estábamos él y yo. Durante toda la noche, él y yo nos sentamos juntos, discutimos por estupideces, nos echamos carrilla por otras estupideces,y al final nos abrazamos o nos recargamos en el hombro del otro entre risas. Otra de las parejas hacía lo mismo que nosotros, se burlaban el uno del otro, se aventaban envolturas de chocolate y se miraban como viejos compañeros de aventuras.
Fue entonces cuando lo vi todo claramente. Miré a mi alrededor y los vi a ellos; vi a las parejas rotas, vi a Ania y su radiante sonrisa de dientes impecablemente blancos, vi a quienes habían estado ahí a cada paso del camino. Incluso había algunos a quienes no veía desde la posada anterior, y sin embargo allí estaban, jugando Pictionary, llorando de risa, haciendo "bolita" en el sillón, tomando fotografías (como si necesitáramos más), intercambiando chocolates y besos y abrazos, y lo comprendí, comprendí lo especial, lo fuerte que debía ser una amistad capaz de resistir inclusive al amor mismo. Me di cuenta de que este pequeño grupo, todos esos recuerdos que al pasar los años se siguen acumulando y convirtiéndose en historias, esas miradas y esas risas y abrazos eran los mismos de antaño, los mismos de siempre. Me sentí feliz, me sentí en paz... supe lo que era sentirnos infinitos.
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