Lavado en seco

 Hoy, mientras lavaba mis zapatos, recordé el momento en que hablé a mi padre de él. Recordé su reacción, su inexplicable miedo, sus semanas de nervios...recordé lo mucho que creo que se parece a él en pequeños detalles que se me escapan como gotas de lluvia en el cuenco de las manos.

Detalles que prefiero omitir como todo lo demás. Prefiero hundir mis manos en el agua y tallar y hacer espuma y jugar con ella y pensar en aquel tiempo en que la preocupación más grande era que no se acabara el jabón, que no se me fuera de las manos, que no resbalara y cayera al piso, porque si caía, alguien podría tropezar con él y caer a su lado, caer por mi culpa...

Yo ya no quiero caer, ya no quiero resbalar; estoy cansada, gastada, arrugada como mis manos que permanecen dentro del agua.
Estoy harta de esperar a que alguien abra la llave por mi para seguir jugando, y de jugar sola, y de perderme entre burbujas y el aroma de su piel impregnado en mi ropa.

Ya, mejor un ciclo express, mejor entro a mi casa cien por ciento libre de él, inmaculada como mi ropa blanca...mejor pretendo que no lo pienso hasta en los momentos más idiotas de mi rutina diaria, mejor me meto al closet a llorar y culpo a la luna, al mes, al fin del mundo, al ciclo hormonal, a cualquiera, pero no a mi...a mi no más.

¿Por qué no pudo quererme a mi nomás?


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