La rapidez nos consume lentamente
“La más
rápida conexión a Internet”, “la mejor comida rápida”, “el auto más rápido de
la década”, “contéstame rápido, tengo prisa”. Seguramente estas frases le son
familiares a más de uno, y probablemente las relacione con su día a día. Al
parecer la vida del ser humano se ha reducido a obtener recursos y realizar
actividades a la mayor velocidad posible, lo cual resulta irónico, ya que la
paz y tranquilidad tan buscadas en el ajetreo diario quedan en el olvido en cuestión
de segundos.
Esto se
debe principalmente a la constante necesidad de producir, obtener y consumir
bienes y servicios. Por ejemplo, una fábrica de útiles escolares empleará a
aquel trabajador capaz de producir la mayor cantidad de lápices en el menor
tiempo posible, beneficiando económicamente a la empresa y a sí mismo. El
ahorro de tiempo es una valiosa herramienta dentro del mundo capitalista;
mientras menos tardes en producir, menos tardarás en vender, y las ganancias
serán tangibles más rápidamente, tanto para el vendedor como para el
consumidor.
Sin
embargo, la búsqueda de velocidad no se limita únicamente al mundo laboral o
corporativo, sino que se ha vuelto parte de la rutina diaria, convirtiéndonos
en una sociedad en constante estado de estrés al no poder realizar nuestras
actividades con la eficacia que desearíamos. Esto puede traer serias
consecuencias físicas y mentales debido al constante estado de apuro y tensión.
Actualmente, muchos accidentes de tránsito ocurren debido al exceso de
velocidad de quienes están desesperados por llegar a su destino en tiempo
récord.
Cotidianamente, el tráfico inmóvil, las largas filas, las computadoras
lentas o los meseros que no son lo suficientemente rápidos suelen poner de mal
humor a la mayoría de las personas, lo que podría conducir a casos graves como
ataques de ira o incluso depresión por estrés. Las familias no tienen tiempo de
reunirse o convivir, lo que puede ocasionar problemas de comunicación entre
parejas, o bien entre padres e hijos, derivando en divorcios o rebeldía
adolescente.
Pero ¿por
qué tanta prisa?, si en tiempos anteriores la vida se llevaba con calma, las
carretas tiradas por caballos eran extraordinariamente lentas y la gente
disfrutaba pasear en ellas, las obras de teatro mientras más largas eran
mejores, las personas caminaban tranquilamente por las calles sin apuro alguno,
el mundo parecía girar a menor velocidad. Esto no significaba la pérdida total
del tiempo, del dinero o de ningún otro recurso; por el contrario, las ciudades
de antaño eran más prósperas y avanzaban a pasos más grandes de lo que avanzan
ahora, no importa lo rápido que corramos.
Sería
difícil intentar que el mundo gire de nuevo a esta cómoda y disfrutable
velocidad, ya que muchos no se percatan siquiera de que viven rápidamente sin
detenerse a mirar a su alrededor o darse cuenta de lo que realmente ocurre con
ellos, su familia, amigos, y la sociedad en general. Sólo quienes hemos parado,
aunque sea por un corto lapso, podemos
identificar el problema al que nos enfrentamos. ¿Qué pasará con nosotros si
seguimos viviendo a 1000 por hora? Todo sistema social conocido hasta hoy
podría venirse abajo, nadie tendría tiempo para reuniones con amigos o una
comida familiar. Mientras más rápido vamos, más solos nos quedamos, solos con
nuestro tiempo tan preciado, aquel que deberíamos compartir con las personas
que nos importan. No creo que suceda ninguna catástrofe si un día el hombre de
negocios se levanta tarde, se queda en pijama hasta el mediodía, conduce
lentamente por avenidas transitadas, admira el verde de los árboles, observa a
las personas a su alrededor y medita un poco sobre sí mismo. Aunque, quizá, la
compañía para la que trabaja aquel hombre difiera conmigo.
El
desarrollo de todo lo que conocemos hoy, los avances tecnológicos, la sociedad
y su organización, requirieron de mucho tiempo para formarse y consolidarse
como auténticos sistemas de comunicación entre los hombres, probando que las
mejores cosas de la vida se forman lentamente. La calidad de un producto, el
carácter de una persona, los momentos inolvidables, son todos resultados de una
extrema paciencia y mucho tiempo bien aprovechado.
Así pues,
sería conveniente hacer una pausa diariamente en medio del ajetreo y pensar que
no hay prisa alguna; nos vemos obligados a esperar por tal o cual cosa todos
los días y no pasa nada. Lo único que logrará el hombre a este paso será gastar
su energía en detalles inútiles, perder todo sentido de individualidad, toda capacidad de convivir con los demás y
consumirse en medio de las prisas con una rapidez inimaginable.
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