The shame game
Cuando empecé a llorar en el piso de la cocina me miraste desde arriba. Me dijiste "pues ponte a hacer ejercicio", me dijiste "con que le bajes poquito al pan, mi amor", me dijiste "ya no llores, échale ganas".
Te miré desde el suelo. Alta, esbelta, la cara afilada y las manos como hojas de palma. Asentí en silencio, los cachetes me rebotaron a los lados.
"Linda", dijiste un día, "estás creciendo, es normal". Te creí hasta el día siguiente, cuando me pediste que me acostara para poder abrocharme la falta del uniforme.
¿Por qué no me compraste otra falda? ¿Por qué no repetiste "estás creciendo"? ¿Por qué te quedaste callada?
En mi cumpleaños me llevaste a Kentucky y mientras comíamos seguías repitiendo que el pollo estaba grasosísimo, que con dos piezas tenías, que cómo podía comerme tres. "Porque estoy más grande que tú", pensé aterrada, pero no te lo dije. Me daba miedo que asintieras.
El prefecto me miró de arriba abajo y comentó que mi falda estaba muy corta. Le respondí que no podía bajarla más. "Hay que adelgazar", me dijo. Me odié como nunca por reírme como estúpida en lugar de soltarle una bofetada.
¿Por qué me quedé callada?, ¿por qué no compré otra falda?, ¿por qué no respondí "estoy creciendo"?
Lo lamento, no fue mi intención.
Mi papá volvió de viaje con pilas de pantalones ajustados a la cadera. Mi hermana se los quedó todos. "Eso te pasa por gorda", me dijo, y sé que fue a propósito.
"Linda, si ya no quieres sufrir ponte a dieta".
Linda, si ya no quieres que tu hermana esté jodiendo ponte a dieta.
Linda, si ya no quieres que el prefecto te acose ponte a dieta.
Linda, deja de ser gorda. Nos ahorrarías muchas molestias.
Cuando cumplí quince años mamá me regaló mi primera cita con el nutriólogo. Ella estuvo ahí cuando él me preguntó cuántas quesadillas cenaba, si eran fritas, si comía postre, cuántas rebanadas, si comía fruta, si comía muchas harinas, mucha azúcar, mucha grasa... asentí a todo y ahogué gritos y maldiciones y me pusieron una bata y me pesaron y me dijeron que estaba ocho kilos lejos de mi peso ideal. Ocho kilos que pesaban como ocho años y se veían lejanos como ocho continentes.
"Tú puedes, Linda", me decía en el receso con las tripas reclamándome a todo pulmón.
"Linda, estás más flaca", me decía Fátima, y yo sentía que me llamaba gorda con nueva autoridad.
Cuando me miro en el espejo veo
detrás de mí
a todas las chicas que fueron infelices. De alguna forma se acomodan en el marco: carnes flácidas flotando por encima de mi cabeza, muslos abultados llenos de hoyitos y líneas como arrugas de elefante. Solo caben en el mundo cuando yo me fijo en ellas. Tú no estás.
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