Sin Título
Sara vivía en un avión. Quería ser un pájaro.
Su madre era azafata. Nunca quiso ser lo que era.
Sara siempre se sentaba junto a las salidas de emergencia; había más espacio para estirar las piernas y los pasajeros casi nunca se sentaban a su lado si podían evitarlo. Como la azafata siempre indicaba antes del despegue, las personas ubicadas junto a la portezuela tenían la responsabilidad de abrirla "en el improbable caso de una emergencia". Nadie quería esa responsabilidad por más improbable que fuera.
Gracias a esto, Sara podía cómodamente ocupar los tres asientos en la fila, recostarse a leer sus libros favoritos y jugar con sus muñecas. Le gustaba hacer figuras de papel, sobre todo alas, y pretender que Lola, su muñeca más fea, se iba volando con ellas.
Podría pensarse que, por vivir en un avión, a Sara le encantaba ver pasar las nubes e inventarles formas, o ver desaparecer las luces de la ciudad conforme el avión ganaba altura y ella se perdía una vez más en la oscuridad; pero en realidad todas estas ideas románticas le aburrían. Miraba por la ventana cuando no tenía otra opción, cuando no podía dormir o no quería dirigirle la palabra a su madre. No miraba por gusto, no le agradaba para nada contemplar el afuera que sólo la hacía más consciente de estar encerrada adentro. Era en estas ocasiones cuando Sara cerraba los ojos con fuerza, asía la manija de la puerta emergente y deseaba con todo su corazón ser un pájaro, cualquier pájaro, aunque fuera uno chiquito, aunque fuera sólo por unas horas.
Una noche, durante un viaje intercontinental, de esos en que la magia ocurre y el tiempo avanza y retrocede a la vez, Sara se levantó de su asiento y comenzó a pasear entre las filas de pasajeros. La hora no importaba, ni siquiera estaba segura de que las horas existieran ahí arriba,
Observó a sus compañeros de viaje por un momento. Posaba su mirada en todos y en nadie a la vez. Parecían ser uno solo: dormían plácidamente suspendidos en el aire, suspendidos en la vida, en el tiempo, en sus sueños. Respiraban acompasadamente; a Sara le daba la impresión de que lo hacían al unísono.
Tanta estaticidad la ponía nerviosa. "Algo tiene que moverse en algún lado", se dijo, dirigiéndose hacia la cabina donde usualmente se sentaba su madre.
Para sorpresa de la niña, su madre no estaba allí. Preguntó al capitán a dónde había ido y él sólo se encogió de hombros. "¿Cómo puedes perder a alguien que no tiene donde perderse?", se preguntó Sara mientras volvía sobre sus pasos hacia el baño.
Nada.
Ni rastro de la azafata. Ni siquiera se escuchaba el sonido de sus pasos o de su voz preguntando a los pocos pasajeros despiertos si se les ofrecía algo, si estaban cómodos, ofreciéndoles alguna bebida o tentempié de media noche...si es que era media noche, si es que el tiempo seguía avanzando.
Gracias a esto, Sara podía cómodamente ocupar los tres asientos en la fila, recostarse a leer sus libros favoritos y jugar con sus muñecas. Le gustaba hacer figuras de papel, sobre todo alas, y pretender que Lola, su muñeca más fea, se iba volando con ellas.
Podría pensarse que, por vivir en un avión, a Sara le encantaba ver pasar las nubes e inventarles formas, o ver desaparecer las luces de la ciudad conforme el avión ganaba altura y ella se perdía una vez más en la oscuridad; pero en realidad todas estas ideas románticas le aburrían. Miraba por la ventana cuando no tenía otra opción, cuando no podía dormir o no quería dirigirle la palabra a su madre. No miraba por gusto, no le agradaba para nada contemplar el afuera que sólo la hacía más consciente de estar encerrada adentro. Era en estas ocasiones cuando Sara cerraba los ojos con fuerza, asía la manija de la puerta emergente y deseaba con todo su corazón ser un pájaro, cualquier pájaro, aunque fuera uno chiquito, aunque fuera sólo por unas horas.
Una noche, durante un viaje intercontinental, de esos en que la magia ocurre y el tiempo avanza y retrocede a la vez, Sara se levantó de su asiento y comenzó a pasear entre las filas de pasajeros. La hora no importaba, ni siquiera estaba segura de que las horas existieran ahí arriba,
Observó a sus compañeros de viaje por un momento. Posaba su mirada en todos y en nadie a la vez. Parecían ser uno solo: dormían plácidamente suspendidos en el aire, suspendidos en la vida, en el tiempo, en sus sueños. Respiraban acompasadamente; a Sara le daba la impresión de que lo hacían al unísono.
Tanta estaticidad la ponía nerviosa. "Algo tiene que moverse en algún lado", se dijo, dirigiéndose hacia la cabina donde usualmente se sentaba su madre.
Para sorpresa de la niña, su madre no estaba allí. Preguntó al capitán a dónde había ido y él sólo se encogió de hombros. "¿Cómo puedes perder a alguien que no tiene donde perderse?", se preguntó Sara mientras volvía sobre sus pasos hacia el baño.
Nada.
Ni rastro de la azafata. Ni siquiera se escuchaba el sonido de sus pasos o de su voz preguntando a los pocos pasajeros despiertos si se les ofrecía algo, si estaban cómodos, ofreciéndoles alguna bebida o tentempié de media noche...si es que era media noche, si es que el tiempo seguía avanzando.
-¿ Necesitas algo?- le preguntó la mujer en el asiento 13B. Pasillo. Las personas sentadas en pasillo siempre eran de lo más entrometidas. Sentían que era su responsabilidad saber todo lo que ocurría en el avión, hablar con todo el que pasara, llamar a la azafata, dar direcciones aunque no se las preguntaran..."como si alguien pudiera perderse en un armatoste de estos. No hay a dónde ir, no hay bifurcaciones, no hay nada más que una línea recta para ir al baño y lucecitas que se encenderán hacia la salida de emergencia en caso de ser necesario", pensaba Sara cada que se topaba con personajes como la señora del 13B, aunque ya estaba tan segura...
Se sentía cada vez más atrapada en un mundo que no era el suyo. Sin tiempo, sin espacio, sin su único gancho a tierra. En ese momento y en ese lugar, para Sara tenía perfecto sentido que su madre se hubiera esfumado sin más, que la señora del 13B se pareciera a ella, que de pronto todos los pasajeros tuvieran el mismo rostro y se movieran como células formando un solo cuerpo, una masa uniforme que no está dormida ni despierta...tal vez ni siquiera estaban, tal vez Sara tampoco.
Caminó durante horas en la única dirección posible: hacia delante, media vuelta, hacia delante otra vez, en líneas rectas inacabables, siguiendo siempre los señalamientos. Nadie le dijo que debía volver a su lugar y ponerse el cinturón de seguridad; nadie la reprimió por incomodar a sus compañeros de viaje. Nadie despertó ni se movió ni apretó los botones para llamar a la azafata. Quizá sabían que no tenía caso, que no serían atendidos.
Sara se cansó de mirarlos a todos; le dolían los ojos y la cabeza tratando de separar a la inmensa figura que se abalanzaba sobre ella en rostros diferentes, sin éxito. No conseguía distinguir a uno de los demás y, lo que más le aterraba, no conseguía distinguirse en el reflejo de la ventana; sólo conseguía ver de reojo al cielo nocturno, infinito, aparentemente inmóvil.
"Aparentemente. No hay palabra que odie más", pensó, bajando la cabeza y mirando fijamente la línea verde encendida en el suelo del avión. No recordaba cuándo se había encendido, ni qué tan lejos se encontraba de su asiento, o de la señora del 13B, o del piloto, o de su madre.
Comenzó a caminar despacio, justo sobre la línea, tratando de no perder el equilibrio. La línea recta encendida seguía y seguía, pero Sara no se atrevía a quitarle los ojos de encima. Era su única oportunidad, no podía permitirse perderla de vista como había hecho con todo lo demás, Con su madre, con su muñeca, que ahora estaba quién sabe dónde.
Se sentía más despierta que nunca, con los ojos bien abiertos, como quien maneja por carretera atento al camino para no perderse la próxima salida.
"En cualquier momento...ya no falta mucho..."
Poco a poco, la línea verde neón bifurcaba hacia la izquierda. Sara la siguió obedientemente, contando sus pasos. Levantó la mirada con cuidado, despacio.
Ahí estaba. Su lugar, su puerta, lo que la separaba de afuera.
Se quedó de pie en medio del silencio, roto únicamente por el eco de la voz de todos los pasajeros a la vez: "¿Necesitas algo?".
Giró lentamente la palanquilla de la puerta emergente. Siempre quiso ser un pájaro.
Comentarios
Publicar un comentario