Crónicas canadienses Parte 4, 5?: A day in the life...
Despierto
temprano. Me niego a pisar sin calcetines. Me pongo calcetines y piso, piso,
piso… Me baño con agua tan caliente que me enrojece las rodillas. Me visto; de
dos a cuatro capas de ropa, dependiendo de lo que dicte el clima hoy. Bajé una
aplicación que me dice la temperatura. Es necesario cuando se vive bajo un
cielo al que le gusta jugar bromas pesadas. Pesadas como la nieve en verano.
Maquillaje,
pelo suelto y abrigo si me siento optimista esta mañana. Ojeras, lentes, cola
de caballo y sudadera si el hastío es más fuerte que las ganas de parecer
persona.
Preparo
café en la cafetera sofisticada con las cápsulas prefabricadas que lo limitan a
uno a tomar solamente una taza de tamaño regular. Ni modo, sabe mejor que el
convencional. Si tengo tiempo, me lo tomo. Si no, lo vacío en el termo que tan
amablemente me regalaron cuando se dieron cuenta de mi adicción.
Salgo
enfundada en todo lo que se pueda, preparada para lo peor (como siempre). Hoy
no está tan mal, hoy sí puedo caminar despacio, aunque el vaho no se va. ¿Qué?
¿Oceransky otra vez? Bueno.
Ni
un minuto antes ni un minuto después parte el autobús. Amo la puntualidad y la
monotonía del mismo asiento a la misma hora, el mismo ronroneo del motor a la
misma velocidad de todos los días mientras leo, escucho música, bebo de mi
termo y, cuando llega el momento, volteo a ver el río rodeado de árboles que
aún tienen hojas, hojas amarillas y naranjas y rojas que se rehúsan a caer tan
pronto…
Llego.
Clase. Me quedo boquiabierta ante la forma que tienen estas personas de
expresarse. Tan clara, tan bella, tan al punto. ¿Quién te enseñó a pensar así?
¿Me enseñas? ¡Quiero ser como tú cuando crezca! Participo a veces, y me gusta
ver que cuando lo hago soy “parte de” y no un comentario extra, fuera de lugar.
En
los eternos intermedios entre clases, visito la biblioteca que ya tantas veces
me ha salvado el pellejo. Me deja dormir cuando más lo necesito, me presta
todos los libros que no quise comprar, me da un espacio libre de distracciones
para leer y escribir en serio, muchas páginas sin parar.
Ayer
visité un par de librerías. Siempre que haya una librería cerca, tendré algo
que hacer y muchas listas mentales que actualizar. Se va el tiempo rápido
cuando uno se pierde entre estantes y parafernalia ¿navideña? ¿ya? No me quejo.
Amo la Navidad y su parafernalia.
Más
clases por la tarde, cuando mi batería ya está muy baja al igual que la del
celular… y olvidé mi cargador… ¿Cómo no ser inducida al sueño hablando sobre
esos cuentos de hadas que te suelen contar antes de ir a dormir? Ironías de la vida…
El
viaje de vuelta a casa es el más largo y silencioso. Al igual que yo, los demás
pasajeros se ven exhaustos, si no es que ya se han dado por vencidos y se
balancean en sus asientos entre la vida y el sueño. Parecen salidos de un
pasaje de Neverwhere, aunque no
recuerdo cuál. Todos moviéndose como animalitos de la noche, todos dan la
jornada por concluida y sólo quieren desaparecer.
Con
todo, mi parte favorita en días interminables como este es la triunfal llegada a casa. Saber
que no tengo que volver al frío del mundo hasta el día siguiente, quitarme los
zapatos y dejar de dar pasos; quitarme los lentes y sentir los ojos pesados y dejar de ver si no es su
cara. Cambiarme de sudadera, taparme con todas las cobijas y hablar con él.
Verlo sonreír y saber que probablemente él también vive su parte favorita del
día justo ahora. De pronto hablamos máaas lennntoooo, y ya no importa lo que decimos, sólo importa escucharnos. Caemos dormidos sin darnos cuenta.
Volvemos a empezar...
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